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Mariano Fortuny reinterpretado por Montesol: ‘Idilio’

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Idilio
Fuente: Museo del Prado

Reseñamos Idilio, el nuevo cómic de Javier Montesol editado por el Museo del Prado en paralelo a la exposición Fortuny (1838-1874)

El Museo del Prado prosigue su magnífica línea editorial de cómics vinculados con sus exposiciones y muestras temporales. Después de El perdón y la furia nos llega Idilio, en el que Javier Montesol toma como inspiración la obra del pintor Mariano Fortuny y Marsal.

Bajo el título Fortuny (1838-1874), el Museo del Prado ofrece entre el 21 de noviembre de 2017 y el 18 de marzo de 2018 su primera retrospectiva sobre la obra del pintor de Reus, en la que tienen cabida numerosas muestras de las diversas técnicas en las que Fortuny se desenvolvió con maestría, contribuyendo a la renovación estética de las artes durante la segunda mitad del siglo XIX.

Javier Montesol se fija en una de sus facetas más características, el orientalismo de sus pinturas (especialmente acuarelas) sobre Marruecos y el norte de África, para establecer un diálogo con el pintor a través de su propio estilo.

Montesol se retrotrae al mismo marco geográfico (Tánger, Larache, Casablanca…) para trazar una historia que más bien es una reflexión personal sumido en sus recuerdos, con un estilo visual que entronca con el del pintor, aunque muy simplificado. Utilizando una paleta cromática de tonos terrosos y ocres, Idilio alude a las pinturas de batalla y a los retratos de Fortuny, sacrificando algunos aspectos como el cuidado tratamiento de la luz.

En las páginas de Idilio, Montesol recuerda a Pablo y Ana, los amigos con los que convivió durante su estancia en Marruecos, entre 1974 y 1975. En unas fechas que fueron tan significativas a nivel político para ambos países, Montesol rememora su juventud bohemia en Tánger, impulsada precisamente por la contemplación de algunas obras de Fortuny que le empujaron a seguir los pasos del pintor decimonónico.

Así como sus recuerdos son como pinceladas sobre aquella época, sin adentrarse en detalles narrativos, del mismo modo el dibujo supone un esbozo de unas memorias que el paso del tiempo ha ido difuminando. De esta manera, hasta los detalles más significativos han perdido nitidez en el tiempo transcurrido. La intensidad de las sensaciones, de las imágenes, de los recuerdos, adopta el color homogéneo de la tierra y de la luz del norte de África, y el ambiente que lo envuelve todo se convierte en el principal protagonista, porque desde la distancia es el aspecto que se percibe con mayor claridad.

De este modo, Idilio se desmarca de Mariano Fortuny, manteniéndolo como referente estético y realizando alguna mención puntual, para dotarse de una autonomía alejada de lo artístico que otorga una nueva dimensión no solo a la obra, sino también a la colección de tebeos del Museo del Prado. Una colección que, sin duda, nos deparará nuevas sorpresas gracias a este diálogo entre las artes tradicionales y el arte secuencial de masas.

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Historiadora del Arte, realizando una tesis doctoral sobre coleccionismo de fotografía japonesa. Miembro de la Asociación de Críticos y Divulgadores de Cómic. Codirectora de Ecos de Asia. Autora de "Bajo los cerezos en flor. 50 películas para conocer Japón".

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