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Edimburgo, amor a primera vista

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Edimburgo, la capital de Escocia, es terreno desconocido para muchos. No es de las ciudades que más sale en las guías, y le viene bien: no lo necesita para enamorarte

¿Quién no ha visto alguna vez a esa chica que solo con mirarte te deja tocado? Seguro que a todos nos ha pasado alguna vez. Pues eso es lo que consigue también Edimburgo. Escocia es un país especial, quizás el único de todo el mundo donde la lluvia aumenta la belleza de todo lo que le rodea. Ir sin paraguas es un grave error, y quizás por eso es tan atrayente. Aunque pensándolo bien, bailar bajo el aguacero tiene ciertos tintes de épica. Podríamos caminar por todos los rincones, por las verdes montañas o por el urbanismo de Glasgow, pero nos gustan las cosas difíciles de explicar. Aquí estamos hablando de amor, ese que transmite Edimburgo. Quien va, vuelve. Como si fuera un flechazo.

Cuidado. Es bipolar. Y es sencillo entender por qué: Edimburgo es probablemente la ciudad que mejor mezcla historia con modernidad. Y no le importa reconocerlo. La calle principal, Princess Street, actúa como frontera. A un lado, la New Town, con todo lo que ella conlleva. Tiendas, edificios modernistas, vida completamente estresante. Pasos de distintos ritmos hacia un lado y hacia otro. Nada que no conozcan las grandes ciudades. Es muy posible que llegue a ser agobiante, tanto que puedas pedirle que te deje tu espacio aunque sepas que ya te ha atrapado. Pero Edimburgo, consciente de los miles de tipos de personas que existen en el mundo, te da otra opción. Solo tienes que bajar la vista.

Los Jardines de los Principes son punto de encuentro para las diferentes culturas que se unen en la capital escocesa. Muchos tipos de flores confluyen, presididos por el monumento a un literato brillante como Walter Scott. Si sigues caminando, cambias de realidad: la Old Town. Para muchos la Edimburgo de verdad, esa que con los años ha envejecido pero se mantiene igual de elegante que el primer día. Imposible no callejear desde la Royal Mile hacia el resto de recobecos que nos regala. Sí, a lo mejor todos los caminos llevan a la Royal Mile, o viceversa. Es la calle más importante, que comunica el Palacio de Holyroodhouse con el monumento más importante e imponente.

Cuesta llegar, pero merece la pena. Caminos empedrados, subidas y alguna bajada casi inentendible hasta llegar al Castillo de Edimburgo. Difícil de explicar su interior, pero obvia su situación: unas vistas espectaculares sirven como excusa para cientos de postales. Es esa cita que termina de la mejor manera posible. Llegados a las alturas solo queda una cosa: sonreír. Es sin duda el mejor emplazamiento para entender Edimburgo. Sin mediar palabra. Solo con mirar, todo cobra sentido.

No se olvida de enseñarlos el Calton Hill, una pequeña colina que muestra secretos desde otro lugar. Al final resulta que la ciudad está en el centro y se rodea de rincones espectaculares para que de una manera o de otra no puedas dejar de mirarla. No es que se ponga guapa para tí, sino que se acicala para sí misma. Eso es lo verdaderamente inspirador de Edimburgo. No entiendes cómo ni por qué, pero sus calles, su gente, su contexto y sobre todo, el cuento que ha escrito mezclando realidades, valen para que quieras pasar el resto de tu vida junto a ella.

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